En el orden cultural, el liberalismo en el poder creo un basto sistema educativo, fundamentado en la filosofía del positivismo, con la que se buscaba dotar a los mexicanos del instrumento intelectual necesario para impulsar el desarrollo científico y técnico alcanzado por los países industrializados.

Esta filosofía pedagógica importada de Francia era muy acorde con los propósitos del liberalismo mexicano-puesto que armonizaba con el liberalismo europeo-, que se inclinaba por una educación laica que liberara a la población del ancestral yugo de la iglesia, la introdujera en el camino de la ciencia universal y en la búsqueda del propio progreso y, en consecuencia, del progreso de la nación, inculcándole el amor al trabajo.
Pero los postulados del positivismo eran muy claros al sostener que “no hay progreso sin orden”, y el orden era un ideal que México aún no realizaba. A pesar de eso, la filosofía positivista impregnó todas las instituciones educativas creadas durante el gobierno de Juàrez, bajo el decreto que la educación debía ser obligatoria y gratuita.

Algunas de estas instituciones fueron la Escuela Nacional Preparatoria organizada por Gabino Barreda; La Academia de Ciencias y Literatura, destinada a impulsar la investigación científica y a formar profesores para los niveles de educación superior; La Escuela Nacional de Ingenieros y La Biblioteca Nacional de México, establecida para apoyar aquellos centros educativos.

La acción educativa del gobierno de Juárez consistió en una reforma pedagógica muy importante-aunque todavía no fuera de total alcance nacional- que renovó los métodos de enseñanza y tuvo como meta una educación integral mediante la enseñanza objetiva que postulaba el positivismo.
Otro proyecto de índole cultural fue el que tenía la finalidad de fomentar el nacionalismo, un nacionalismo unificador como el que había ayudado en la formación de los Estados-nacionales europeos.

El gobierno pretendía la unificación cultural en un México dividido desde un tiempo inmemorial por el regionalismo, por la multiplicidad de grupos étnicos que no hablaban la misma lengua y por la diversidad de culturas con costumbres e intereses distintos. En tales condiciones, difícilmente podría darse un sentimiento de unidad nacional.
La labor constructora que Juárez pretendía realizar era ambiciosa, y los liberales ene l gobierno la juzgaban necesaria para la transformación del país. Sin embargo, no era una tarea fácil, y en muchos aspectos era impracticable en aquellos momentos.
En tanto se tomaba siempre a los países extranjeros como modelo sobre todo a los Estados Unidos, no se analizaba la disparidad en el desarrollo histórico y en las características culturales, suponiendo quizá que mediante la acción legislativa se podría cambiar los hábitos de trabajo, y que la sociedad mexicana alcanzara los niveles de desarrollo que tenían los vecinos del norte sólo era cuestión de tiempo.

Además, la falta de orden interno dificultaba cualquier proyecto por más realizable que fuera. En 1871, la insistencia de Juárez por permanecer en el poder buscando la reelección, avivó el descontento de sus opositores, dentro y fuera del gobierno.

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